El hombre mediocre citas

En ello estriba la desconfianza que suele rodear a los caracteres originales: Su característica es imitar a cuantos le rodean: Cada hombre posee un valor de contraste, si no lo tiene de afirmación; es un detalle necesario en la infinita evolución del protohombre al superhombre" "Sin la sombra ignoraríamos el valor de la luz. Los apetitos se hartan; los ideales nunca" "Los hombres que vivieron en perpetuo florecimiento de virtud, revelan con su ejemplo que la vida puede ser intensa y conservarse digna; dirigirse a la cumbre, sin encharcarse en lodazales tortuosos; encresparse de pasión, tempestuosamente, como el océano, sin que la vulgaridad enturbie las aguas cristalinas de la ola, sin que el rutilar de sus fuentes sea opacado por el limo" "La Rutina es un esqueleto fósil cuyas piezas resisten a la carcoma de los siglos.

No es hija de la experiencia; es su caricatura. No intentan estudiar; sospechan, acaso, la esterilidad de su esfuerzo, como esas mulas que por la costumbre de marchar al paso han perdido el uso del galope" "Su incapacidad de meditar acaba por convencerles de que no hay problemas difíciles y cualquier reflexión paréceles un sarcasmo; prefieren confiar en su ignorancia para adivinarlo todo" "Cuando creen equivocarse, podemos jurar que han cometido la imprudencia de pensar" "La lectura les produce efectos de envenenamiento.

Crecen y mueren como las plantas. No necesitan ser curiosos ni observadores.

Frases de El hombre mediocre

Son prudentes, por definición, de una prudencia desesperante: Ese hombre que osa desconfiar de la rutina es Newton" "El que no cultiva su mente, va derecho a la disgregación de su personalidad" "No desbaratar la propia ignorancia es perecer en vida" "Las tierras fértiles se enmalezan cuando no son cultivadas; los espíritus rutinarios se pueblan de prejuicios, que los esclavizan" "Puedo concebir un hombre sin manos, sin pies; llegaría hasta concebirlo sin cabeza, si la experiencia no me enseñara que por ella se piensa.

El uno se aparta de la mediocridad, es antisocial, tiene el valor de ser delincuente; el otro es cobarde y se encubre con la complicidad de sus iguales, manteniéndose en la penumbra" "Los maldicientes florecen doquiera: El talento moral tiene otras exigencias: Nunca llegan a individualizarse: Su amorfa estructura los obliga a borrarse en una raza, en un pueblo, en un partido, en una secta, en una bandería: El hombre pone su honor en el mérito propio y es juez supremo de sí mismo; asciende a la dignidad.

Mortificado por su propia impotencia, saltó hasta ella y la cubrió con su vientre helado. La inocente luciérnaga osó preguntarle: Si bien el ensayista se esfuerza por calmar el temor a la amenaza pues "el original, el imaginativo, el creador no teme sus odios: En los límites inferiores de ese espectro social bajo, se encuentra una multitud de delincuentes, la escoria de la sociedad, un submundo cargado de connotaciones negativas tanto religiosas y morales - ligadas al Infierno y al Mal - como biológico-sociales - ligadas a la degeneración-. De este modo, El hombre mediocre procesa el sentimiento fóbico de las elites intelectuales ante el avance social y político de las masas.

La combinación de argumentos científico-positivistas e idealistas parece responder, entre otras razones, a la necesidad de reforzar la dominación simbólica por medio de la acumulación de tesituras discursivas diversas e incluso antagónicas desde el punto de vista epistemológico, pero que - tal como prueba el ensayo - se revelan como compatibles desde el punto de vista político.

Por eso opone la imitación del hombre-rebaño incapaz de ideales a la imaginación creadora de una selecta minoría idealista, emancipada de la multitud, que combina elitismo, moralidad, saber y juventud. En este sentido, apelando a un tópico de claras resonancias nietzscheanas, Ingenieros advierte que es necesario contener la mediocridad para evitar el gobierno de los mediocres. En la estela elitista del Ariel de José E. Ahora bien; esta condena conceptual del mediocre se despliega, paradójicamente, en un texto que interpela al mediocre; esto es, a las capas medias y a los sectores populares que conforman el nuevo lectorado y el nuevo electorado, puestos en una doble disponibilidad riesgosa: Con un éxito solo comparable al precedente del Ariel de Rodó, en enero de la editorial Renacimiento lanza diez mil ejemplares del ensayo, y en abril del mismo año, la segunda edición pone a la venta otros diez mil.

Diversos elementos prueban esa interpelación paradójica. En este sentido, el ensayo despliega la propia paradoja que le adjudica teóricamente al hombre de genio, tensionado entre el rechazo de la multitud y la tentación vanidosa de perseguir su aplauso, pues el éxito no es sino el reconocimiento de los mediocres, peligroso por sus consecuencias mediocrizantes. Así, el ensayo interpela a la multitud para que no se parezca a la multitud, para que consagre el modelo del hombre superior, rindiéndole tributo aunque no pueda igualarlo, y para que, en el reconocimiento de la superioridad del superior, no se interponga el resentimiento amenazante sino la admiración pasiva que prolongue el respeto por las jerarquías.

La misma pedagogía de las capas medias puede entreverse en los recursos a los que apela el ensayista para legitimar el saber privilegiado del psicólogo en la clasificación del magma social. El hombre mediocre debe ser diseccionado en la mesa de autopsias del texto, para revelar el secreto contenido en sus entrañas; por eso el ensayista señala que. Así, remitiendo a una obra de arte del siglo XVII, consagrada y ya difundida en el imaginario de las capas medias argentinas, resignificada en el contexto de la medicalización de la sociedad en entresiglos.

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De este modo, el sujeto de enunciación se apropia de un clisé ya muy extendido para la década del diez la escena pedagógica, también cristalizada por el arielismo , pero produciendo sobre ella una torsión que retrotrae esa pedagogía nuevamente hacia el campo "superior" de la "verdad científica". Así por ejemplo, para reforzar la idea de un progreso idealista en la historia, positivamente contenido por las resistencias conservadoras, Ingenieros remata el primer capítulo apelando pedagógicamente a una imagen clisé la nave que avanza, impulsada por la potencia de los hombres de genio, contra la presión del viento de la mediocracia , para así fijar materialmente significados abstractos de difícil aprehensión por la masa lectora.

Con igual sentido, el dualismo que opone la mediocridad conservadora a los ideales progresistas encarna en una serie de personajes arquetípicos, como Gil Blas, Sancho Panza y Tartufo, en contraste con Cyrano, el Quijote o el Dr. En el capítulo final "Los forjadores de ideales" , Sarmiento y Ameghino e implícitamente el propio yo letrado se ofrecen como genios magisteriales capaces de guiar a las multitudes que logren alcanzar el deseo de escapar de sí. No casualmente, cada vez que el ensayista se dirige al lector, en segunda persona, lo confina explícitamente al lugar pasivo de un discípulo dócil que se deja guiar: El que escucha ecos de voces proféticas al leer los escritos de los grandes pensadores; el que siente grabarse en su corazón El progresivo advenimiento de la democracia es negativo porque expresa el gobierno de las medianías, desplazando al hombre extraordinario y contrariando por ende las desigualdades naturales.

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En este sentido, los dispositivos textuales arriba mencionados hacen sistema con el proyecto de Ingenieros de intervenir él mismo como autor y editor en el mercado de masas por ejemplo, a través de la colección de "La cultura argentina" que, desde , busca captar a ese lectorado recientemente extendido, y en especial a ese electorado que debe ser urgentemente educado en términos políticos. En el caso particular de la cultura de masas en expansión, esa voluntad de control puede leerse en los reiterados juicios de censura con que Ingenieros ataca el criollismo folletinesco que heroiza "peligrosamente" la figura del bandido popular, rural y suburbano, ejemplificado especialmente por el moreirismo.

Así por ejemplo en "La vanidad criminal", incluido en La psicopatología en el arte , Ingenieros le da una importancia privilegiada a la prensa periódica y a la literatura de masas en la difusión de modelos criminales, admirados e imitables por el resto de la delincuencia y de los sectores populares en general: Por el año de , estimulada en la prensa y en el teatro, se produjo en Buenos Aires una epidemia de "moreirismo". Y en la conferencia titulada "Psicología de Juan Moreira" ofrecida en la Sociedad de Psicología de Buenos Aires, y editada como resumen en Archivos de psiquiatría y criminología , v.

De este modo, insiste en su lucha por controlar el contenido ético de la literatura de masas, desterrando en especial la heroicidad mítica atribuida a los delincuentes populares. Ingenieros advierte que existen razones biológicas y morales para oponer la genialidad juvenil a la atrofia mediocrizante de la vejez, de modo tal que la juventud constituye una garantía de la genialidad potencial.

Este elogio de la fuerza creativa de la juventud o mejor, de la convergencia entre juventud y elite del talento implica a priori un destinatario juvenil: Así, el texto coloca a los jóvenes universitarios en la posición privilegiada y peligrosamente ambigua de operar como clivaje estratégico entre la mediocridad y la meritocracia, recreando de este modo la pedagogía verticalista que, desde el Ariel , rige el juvenilismo.

En El hombre mediocre , el juvenilismo se combina con el esfuerzo de Ingenieros - arriba mencionado - por absorber el discurso antipositivista, como respuesta ante el creciente repliegue del positivismo hegemónico. En este sentido, Ingenieros no solo prolonga la aristocracia del mérito heredada de la tradición discursiva liberal-progresista previa: Las menciones insistentes de la filosofía, el arte y la ciencia europeas no solo implican la acumulación de ciertas marcas de prestigio, legibles como tales entre las capas medias y los sectores populares recientemente escolarizados: En efecto, Ingenieros no explicita los vínculos entre su condena del hombre mediocre y el elitismo espiritual contenido en otros discursos de fuerte impacto en el lectorado local de entre siglos, como el Ariel de Rodó o antes aun Azul Y, junto con ellos, tanto con la filosofía espiritualista como con la ciencia positiva.

Esta exaltación de los ideales éticos y ascéticos, implícitos en la marginalidad solitaria del genio intransigente, supone una autolegitimación de la propia condición de "exiliado" desde una autonomía ideal, por fuera - por encima - de la política, libre incluso para llevar a cabo una autoinmolación heroica. En este sentido, vale la pena recordar el combate que emprende Ingenieros contra figuras como Ricardo Rojas: Si en los Archivos Por ejemplo, en la edición de , en el final del capítulo "Los arquetipos de la mediocracia", Ingenieros señala: Ninguna multitud es pueblo: En cambio, en la edición de , Ingenieros advierte: Depositarios del alma de las naciones, los pueblos son entidades espirituales inconfundibles con los partidos.

No basta ser multitud para ser pueblo: El pueblo encarna la conciencia misma de los destinos futuros de una nación o de una raza.


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En Ingenieros ya admite que el pueblo necesita de la multitud, aunque exige que esa multitud no sea servil. En la edición de , en el apartado titulado "Demagogos y aristarcos", Ingenieros afirma taxativamente que.


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Allí el ensayista advierte que. Lo que no es su intención ocultar. Pero a la vez supone una confirmación displicente de la propia genialidad, distante y solitaria. Losada, reproducción de la tercera edición, Varias fueron editadas previamente en La Nación , entre y , o reunidas en los Archivos de psiquiatría y criminología entre y , antes de la primera edición en libro en A lo largo de este proceso, Ingenieros introduce diversas modificaciones en el texto, entre las publicaciones periódicas y la primera edición en libro, y entre ésta y la tercera edición de El hombre mediocre , p.


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